Un texto que escribí hace varios meses, cuando aun intentábamos darle sentido a la pandemia.

-Mami, hoy voy a dormir con Fresa en el patio, anunció Santi, interrumpiendo la videollamada que por fin habíamos logrado coordinar Elisa, Lidia y yo luego de intentarlo tres veces durante las últimas dos semanas.

-Quiero entender cómo viven los perros.

Elisa aprobó la idea con la aventurera naturalidad que la caracteriza como mamá.

Nos conocimos en la universidad, Elisa, Lidia y yo, en los tiempos en que nuestro “chat” era un pedazo de papel que nos pasábamos de pupitre en pupitre con los chismes del día y comentarios jocosos sobre los profesores. Estudiamos una de esas raras carreras que en lugar de exámenes individuales, creen evaluar el desempeño a través de trabajos grupales, ignorantes de que en lugar del desempeño, lo que están evaluando es la complicidad.

Elisa era la única de las tres que trabajaba, tenía carro y vivía sola (durante los años que sus padres se fueron a quemar el cartucho del sueño americano) y siempre fue la más creativa de las tres. En un segundo se sacaba de la manga el concepto de la campaña y se iba corriendo al trabajo, sabiendo que el resto quedaba en buenas manos y que podría aparecer el día de la presentación para salvarnos con su espontaneidad y manejo escénico. Lidia, la más atenta a los detalles, hasta la fecha recuerda con precisión suiza el número de nuestras identificaciones de estudiante, siempre lista para chequear las notas en la pizarra de la facultad. No me acuerdo qué hacía yo, supongo que me obsesionaba con la estructura de los trabajos y la ortografía, como hasta ahora.

-Buenas noches, Fresa me espera.

-Buenas noches Santi, coreamos las tres.

Nos hemos acompañado en los altos y bajos de la vida. La cuarentena cuenta como uno de los bajos, creo. Santi es uno de los altos.

Nueve años, pestañas largas, orejas móviles a voluntad, muchas preguntas en la mente. Amante de la naturaleza y fiel defensor de todos los seres vivos, hasta los más diminutos. Fue el primer bebé, y el único hasta ahora, que se ha dormido en mis brazos.

Desde hace más de 90 días solo nos vemos por Zoom. Ese rectángulo con cabezas moviéndose se ha convertido en el café, la escuela, la oficina, la sala de juntas, el auditorio, el gimnasio y hasta el consultorio psicológico de la cuarentena. Para nosotras, es la versión mejorada de nuestro anacrónico chat de papel.

-Santiago lloró hoy durante la clase virtual, cuenta Elisa con un ojo en la pantalla y el otro vigilando a su retoño investigador por la ventana. Ya está oscuro afuera y los preparativos del experimento “vida de perros” están en proceso. -Es la tercera vez esta semana. Se estresa porque sus compañeritos hablan todos al mismo tiempo, él no entendió la pregunta de la teacher, cerró la computadora llorando y huyó.

Pero las tres sabemos que no es solo por eso.

Hace dos semanas murió mi suegro, don Adão, el mejor amigo de Santi. Luego de 84 años bien vividos, un jueves en la mañana salió a pescar en su canoa y nunca más regresó. La canoa apareció esa noche, amarrada al manglar. Vivió toda su vida en una pequeña isla del sur de Brasil, Cananéia, el centro del mundo según mi esposo, que ahí nació y ahí se crió. Santi fue de visita una vez hace un par de años, cuando vivíamos allá, y eso bastó para que conectara de forma profunda y definitiva con don Adão.

Suena la puerta. Es Santi. El experimento no ha terminado, pero se le olvidó sacar su almohada.

-¡Los perros no duermen con almohada!, le grito pero Elisa está usando audífonos. -¡Los perros no duermen con almohada!, le grita Elisa haciendo eco de mi protesta. Nos ignora.

Veinte minutos después estamos concentradas en analizar los efectos de la pandemia en nuestras finanzas personales. -Creí que solo así me iba a librar de las ventas por catálogo en la oficina, pero ahora la revista de Estilos me llega en pdf al whatsapp, dice Lidia con un suspiro que no sé si es de alivio o resignación. ¿Cómo va Santi? ¿Sigue afuera?

Suena la puerta otra vez.

-Los abejones me atacan. Esto es imposible.

Santi con su almohada bajo el brazo y el ceño fruncido, entra al cuarto, derrotado y con sueño. Se le acurruca al lado a Elisa. Apagan la luz y empezamos a perderlos.

-¿Cuáles son tus conclusiones del experimento? Digo, deseando que mi pregunta sea suficiente para extender la conversa un ratito más.

-Los perros se acurrucan unos a otros, por eso aguantan. Así se mantienen calientitos.

Se le van cerrando los ojos grandes. Elisa le mordisquea el dedo gordo del pie. Lidia y yo nos reímos bajito, como si Santi pudiera despertarse con nuestras risas encerradas tras los audífonos.

-Entonces deberías haberte acurrucado en el piso con Fresa.

-No, se me pegan las pulgas.

Susurrando, lejos de los impertinentes abejones y las pulgas de Fresa, lo vimos dormirse. Acurrucadas las tres, calientitas, aguantando en nuestro rectángulo virtual.

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